El hubiera no existe
Odiaba el tráfico de la tarde, así que siempre salía ocho minutos antes de la hora para librar los embotellamientos. Miró su reloj para calcular el tiempo que le restaba, 5.10. Había acabado de examinar los nuevos pedidos, mandado a producción y revisado los ajustes que, por el aumento del jitomate, tendrían que hacer a los precios de algunos productos, así que se dispuso a ordenar su escritorio para asegurarse de que no olvidaba ningún pendiente. Cuando faltaban diez minutos para la media, se levantó de su asiento y, al estar a punto de salir por la puerta, algo lo detuvo:
-Oye, ¿tienes tiempo? Necesito un consejo-, dijo aquel compañero de oficina con quien apenas había cruzado algunas palabras. “¿Y ahora qué quiere?”, pensó. Nunca le había gustado la gente que no sabía resolver sus asuntos. -Tengo un problema algo serio y, no sé, tú pareces un tipo que no tiene muchos problemas-, agregó él al no recibir respuesta.
Sabía reconocer un rostro angustiado, y éste lo parecía, pero ¿qué podía hacer él por un desdichado? A fin de cuentas, aquel hombre tenía razón, pues su vida carecía de problemas,”y de todo lo demás”, se dijo pensando que, indudablemente, no podría aconsejar a alguien cuya vida era, sin duda, mejor que la suya.
-Ahora no puedo, ya voy tarde y tengo un compromiso, pero si quieres en otra ocasión-, dijo bajando la mirada para no percibir la angustia que esto podría provocar. Y tomando la cerradura, abrió la puerta para salir a la acera.
Tan sólo una cuadra más adelante, se encontraba su auto. Justo al encenderlo, se percató de que algo contaminaba la vista. A mitad de la cuadra contigua, junto al bote de basura que estaba siempre a tope, una mujer, que fácilmente podría haber salido de aquel bote, lo observaba. Le molestó su impertinente mirada, que apenas se adivinaba entre aquella maraña de lo que parecía ser una abundante cabellera. Avanzó sobre la calle y, antes de tomar la próxima, dio un vistazo a la mujer que, al parecer, no lo había perdido de vista, pero esta vez percibió, que a pesar de la suciedad de su persona, tenía un mirar conocido. “¿Por qué habría yo de conocer a un mendigo?”, se dijo, y quitándole importancia al extraño suceso, tomó el camino que lo solía llevar a casa.
Al llegar a la avenida, se encontró con lo que había tratado de evitar. Echó un vistazo al reloj, 6.05. Sabía que, por lo menos, debía haber llegado ahí diez minutos antes para burlar el tráfico. “Debí haber salido antes”, se repetía cada vez que algo inesperado lo hacía soportar los atasques vespertinos. Aborrecía que su vida pudiera ser perturbada a voluntad por los demás. El semáforo volvió a cambiar de color, pero apenas pudo avanzar unos cuantos espacios.
De pronto, todo se volvió oscuro y se encontró de pie frente a una pantalla similar a la que, en su auto, marcaba la hora. 6.15.
–Esta es la hora de tu muerte -, escuchó decir a una voz cuya procedencia no pudo adivinar.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien -, dijo otra, antes de que pudiera siquiera procesar el significado de lo que había dicho la anterior.
Como de un extraño sueño, regresó a aquella escena que parecía haber quedado estática. El semáforo seguía marcando el alto. Miró la pequeña pantalla de su auto, cuya semejanza con la del reciente suceso era asombrosa. 6.15. No se podía explicar lo que aquellas extrañas voces querrían decir con sus palabras. Sin duda, todo había sido producto de su imaginación. Él siempre había querido ser escritor, pero pensaba que no tenía el talento, pues, las pocas historias que habían llegado a escribir, le habían dado apenas un siete de calificación en su clase de redacción de la secundaria. Su madre, le decía que olvidara los cuentos, que estos sólo le darían una vida de hambres, pero la suya ni siquiera tenía eso. Pasó por su mente entonces, que seguro era más interesante la vida de aquella mujer que, hace tan sólo algunos minutos, le había parecido tan familiar. “Por lo menos ella es libre de hacer con su vida lo que quiera, que siempre es mejor que vivir como esclavo”, se dijo, sin poder creer la envidia que una vida tan ruin le provocaba. No podía imaginar tener que tomar las riendas de su propia existencia, su esclavitud iba más allá de un sueldo y horario, era esclavo de su propio miedo y de la lenta existencia a la cual, éste, lo había confinado.
Avanzó entre los autos y tomó, por fin, la próxima calle. “¿Cómo me gustaría morir?”, se preguntó. Aquello era algo que había pensado muchas veces, pero nunca había llegado a una respuesta. “Definitivamente, no en martes”, esto le quedaba claro, aborrecía ese día y, lo que menos quería, era que la piedra que llevaría encima por toda la eternidad llevara escrito aquello. “¿Y si tuviera diez horas?”, se sonrió al pensar que aquella curiosa escena hubiera sido producto de una imaginación que creyó haber perdido. Para eso no había respuesta aún, pero tal vez sería algo que había de pensar algún día, en el caso de que Dios, que había sido tan injusto, decidiera darle una tregua, el día en que su vida llegara a su fin.
Dio vuelta y, al estacionar el coche frente a su casa, se percató de que su vecina se aproximaba, molesta, con un pequeño recipiente rectangular en sus manos. Vio su reloj, 7.02.
-Aquí tiene su cena, ya que no llegaba se la traje, no fuera que luego me dijera que no estuvo a tiempo-, le reprimió, algo molesta.
Siempre que él iba por la comida, le decía que viniera al rato, así que, a últimas fechas, había decidido ahorrarse el disgusto y esperar a que ella se la llevara a su casa. Esto, a la amargada mujer, le molestaba infinitamente.
Desde que su mujer lo dejó, hacia ya más de dos años, le había comprado la cena a la vecina que, si bien no era gran cocinera, cualquier cosa era mejor que cocinar él mismo, pues esto, tampoco era su fuerte. Sintió una aguda punzada en el pecho al recordar aquel día en que, agobiado por el trabajo, había llegado a casa. A pesar no ser muy tarde, no había luces encendidas, así subió al cuarto para ver si ella estaba acostada. Luego fue a la cocina, al sótano, aun salió al jardín… nada. En ese momento no supo que pensar. Tuvieron que pasar algunos días para que se diera cuenta de la terrible verdad, lo había abandonado. Recordaba el inmenso dolor que le había provocado el sentirse tan sólo solo, tan desdichado, el sentir que la mujer que creía su más fiel compañera había desaparecido sin dejar rastro. Hizo algunas llamadas a amigos y familia, pero nadie sabía absolutamente nada. Ni siquiera la policía, que fue su último recurso, supo decirle, después de semanas de búsqueda, qué había sido de ella. Su mujer se había esfumado, llevándose con ella toda posibilidad de ser feliz.
Tras dejar su abrigo en el perchero, junto a la puerta principal, se dirigió a la cocina, tomó el recipiente que contenía su cena y, quitándole el plástico que lo cubría, lo puso en el horno para calentarlo. Prendió la televisión, pues aunque no le prestaba atención, las voces eran mejores que escuchar el molesto ruido del microondas. Faltaba poco para las ocho, hora del noticiero, así que sacó la computadora de su portafolio, la encendió y se dispuso a adelantar los cambios que debía hacer a la lista de precios, para entregarla mañana al llegar a la oficina.
Mientras comía el guisado de berenjena al que, a pesar de saber que era intolerante a la lactosa, su vecina le había puesto queso, se percató que era hora de ver las noticias y, haciendo a un lado el trabajo, subió el volumen del televisor.
“Muertos, asaltos, secuestros. ¿Qué esa gente no tiene nada que hacer? Si este país no estuviera lleno de ociosos, otro gallo nos cantaría. Pero, qué decir, si el gobierno tampoco hace nada. Por eso estamos llenos de pobres y delincuentes, porque el gobierno no hace nada para arreglarlo”, veía que cada día la situación empeoraba, y creía que no se podía hacer nada, pero, muy en el fondo, sabía que él, que no tenia esperanza y que, en lugar de hacer algo con su vida, se limitaba a juzgar las vidas de los demás, tenían también la culpa de todas estas desgracias.
Al acabar el noticiero, como todos los días, se dirigió al teléfono para llamar a su madre. “Pobre, está tan sola”, pensó, sabiendo que, la compasión que le tenía era el reflejo del propio deseo de que lo compadecieran.
-Hola hijo, ¿ya cenaste?-, le preguntó con voz cálida.
-Ya mamá, ¿tú qué haces? ¿Dormiste anoche?-, sabía que, desde que se había quedado solo, ella a veces no dormía, le preocupaba el saber que era débil y que, tal vez un día, no pudiese soportarlo.
Tras algunos minutos en que ella le contó el tranquilo día que había tenido y, por un instante, sintió la felicidad de los recuerdos que escuchar su voz le provocaba, se despidió para dejarla dormir tranquila. Ella le dijo que lo amaba y tras un hasta luego, terminó la llamada.
Regresó a la cocina para recoger los trastes, tomó la computadora, “mañana lo termino, total, tengo tiempo de sobra”, se dijo. Apagó la televisión, y, tomando las cuentas que había sacado del buzón al entrar, se dirigió a su recámara. Tras dejar sus cosas a los pies de la cama, preparó la ropa que usaría al día siguiente.
Ya relajado, después de un baño caliente, tomó la correspondencia para echarle un vistazo. “Debería dejar de pagar el seguro”, pensó, recordando que lo habían comprado para cuando tuvieran hijos, por si algo les pasaba. Su esposa, (sin coma) siempre había querido tenerlos, pero él no aspiraba traer un alma más a sufrir al mundo. Después de un año de matrimonio y de darse cuenta que la vida podía no ser tan mala, había pensado que tal vez, en unos años, que su economía fuera mejor, no sería mala idea la de tener un bebé. Después de todo, él se encargaría de hacerlo fuerte para que no sufriera tanto y ella, de mostrarle lo mismo que a él, el lado amable de la vida. Ahora, aunque aquello le hubiera gustado, pensaba que, por lo menos, él único abandonado y desilusionado era él, pues si hubieran tenido aquel hijo, quizás ella, igual, se hubiera marchado.
Tras un vistazo al despertador, para asegurarse que la alarma estuviera programada, vio la hora, 10.20. Tomó su libro, de la mesita de noche, en cuya portada se leía Crónicas de una muerte anunciada.
Inmerso en la entramada historia, volvió a su mente aquella pregunta que antes se hiciera: “Si pudiera elegir cómo morir, querría que fuera en viernes, al atardecer y de súbito, sin ningún tipo de aviso ni dolor.”, y tras leer unas cuantas páginas, apagó la luz y quedó profundamente dormido.
Parecía no haber pasado mucho tiempo cuando sonó su despertador. Inmediatamente, se levantó de la cama y se dirigió al baño a lavarse la cara. Viéndose en el espejo, descubrió que tenía ya algunas arrugas, se lavó los dientes y regresó a su recámara. Acababa de vestirse cuando se percató de que, afuera, aún era oscuro. “Son las siete, ya debería haber amanecido”, pensó contrariado y, cuando se disponía a ver la hora para cerciorarse que fuera así, se cruzó frente a sus ojos la fotografía que, desde hacía ya cuatro años, se encontraba a su lado.
La miró por unos segundos, su sonrisa, su cabello, sus ojos… aquellos ojos que, a pesar de haber visto hace tanto, le parecían tan familiares como si, esa última mirada hubiera sido apenas ayer. “Aún la amo”, aceptó para sí, a pesar del rencor que alimentaba su nostalgia, aquel sentimiento que había evitado, ahora se manifestaba más fuerte que nunca. Entonces, recordó lo que pensó haber soñado el día anterior, aquellas voces que, le decían, tenía tan sólo diez horas de vida. “Si fuera así, la buscaría”, pensó y, por un momento, se cruzó por su mente la imagen de aquella indigente, cuya penetrante mirada le fuera tan familiar. “Es absurdo pensar en lo que no pasará”, y, reprimiendo aquel pensamiento, desvió su mirada hacia el despertador, 4.15.
Odiaba el tráfico de la tarde, así que siempre salía ocho minutos antes de la hora para librar los embotellamientos. Miró su reloj para calcular el tiempo que le restaba, 5.10. Había acabado de examinar los nuevos pedidos, mandado a producción y revisado los ajustes que, por el aumento del jitomate, tendrían que hacer a los precios de algunos productos, así que se dispuso a ordenar su escritorio para asegurarse de que no olvidaba ningún pendiente. Cuando faltaban diez minutos para la media, se levantó de su asiento y, al estar a punto de salir por la puerta, algo lo detuvo:
-Oye, ¿tienes tiempo? Necesito un consejo-, dijo aquel compañero de oficina con quien apenas había cruzado algunas palabras. “¿Y ahora qué quiere?”, pensó. Nunca le había gustado la gente que no sabía resolver sus asuntos. -Tengo un problema algo serio y, no sé, tú pareces un tipo que no tiene muchos problemas-, agregó él al no recibir respuesta.
Sabía reconocer un rostro angustiado, y éste lo parecía, pero ¿qué podía hacer él por un desdichado? A fin de cuentas, aquel hombre tenía razón, pues su vida carecía de problemas,”y de todo lo demás”, se dijo pensando que, indudablemente, no podría aconsejar a alguien cuya vida era, sin duda, mejor que la suya.
-Ahora no puedo, ya voy tarde y tengo un compromiso, pero si quieres en otra ocasión-, dijo bajando la mirada para no percibir la angustia que esto podría provocar. Y tomando la cerradura, abrió la puerta para salir a la acera.
Tan sólo una cuadra más adelante, se encontraba su auto. Justo al encenderlo, se percató de que algo contaminaba la vista. A mitad de la cuadra contigua, junto al bote de basura que estaba siempre a tope, una mujer, que fácilmente podría haber salido de aquel bote, lo observaba. Le molestó su impertinente mirada, que apenas se adivinaba entre aquella maraña de lo que parecía ser una abundante cabellera. Avanzó sobre la calle y, antes de tomar la próxima, dio un vistazo a la mujer que, al parecer, no lo había perdido de vista, pero esta vez percibió, que a pesar de la suciedad de su persona, tenía un mirar conocido. “¿Por qué habría yo de conocer a un mendigo?”, se dijo, y quitándole importancia al extraño suceso, tomó el camino que lo solía llevar a casa.
Al llegar a la avenida, se encontró con lo que había tratado de evitar. Echó un vistazo al reloj, 6.05. Sabía que, por lo menos, debía haber llegado ahí diez minutos antes para burlar el tráfico. “Debí haber salido antes”, se repetía cada vez que algo inesperado lo hacía soportar los atasques vespertinos. Aborrecía que su vida pudiera ser perturbada a voluntad por los demás. El semáforo volvió a cambiar de color, pero apenas pudo avanzar unos cuantos espacios.
De pronto, todo se volvió oscuro y se encontró de pie frente a una pantalla similar a la que, en su auto, marcaba la hora. 6.15.
–Esta es la hora de tu muerte -, escuchó decir a una voz cuya procedencia no pudo adivinar.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien -, dijo otra, antes de que pudiera siquiera procesar el significado de lo que había dicho la anterior.
Como de un extraño sueño, regresó a aquella escena que parecía haber quedado estática. El semáforo seguía marcando el alto. Miró la pequeña pantalla de su auto, cuya semejanza con la del reciente suceso era asombrosa. 6.15. No se podía explicar lo que aquellas extrañas voces querrían decir con sus palabras. Sin duda, todo había sido producto de su imaginación. Él siempre había querido ser escritor, pero pensaba que no tenía el talento, pues, las pocas historias que habían llegado a escribir, le habían dado apenas un siete de calificación en su clase de redacción de la secundaria. Su madre, le decía que olvidara los cuentos, que estos sólo le darían una vida de hambres, pero la suya ni siquiera tenía eso. Pasó por su mente entonces, que seguro era más interesante la vida de aquella mujer que, hace tan sólo algunos minutos, le había parecido tan familiar. “Por lo menos ella es libre de hacer con su vida lo que quiera, que siempre es mejor que vivir como esclavo”, se dijo, sin poder creer la envidia que una vida tan ruin le provocaba. No podía imaginar tener que tomar las riendas de su propia existencia, su esclavitud iba más allá de un sueldo y horario, era esclavo de su propio miedo y de la lenta existencia a la cual, éste, lo había confinado.
Avanzó entre los autos y tomó, por fin, la próxima calle. “¿Cómo me gustaría morir?”, se preguntó. Aquello era algo que había pensado muchas veces, pero nunca había llegado a una respuesta. “Definitivamente, no en martes”, esto le quedaba claro, aborrecía ese día y, lo que menos quería, era que la piedra que llevaría encima por toda la eternidad llevara escrito aquello. “¿Y si tuviera diez horas?”, se sonrió al pensar que aquella curiosa escena hubiera sido producto de una imaginación que creyó haber perdido. Para eso no había respuesta aún, pero tal vez sería algo que había de pensar algún día, en el caso de que Dios, que había sido tan injusto, decidiera darle una tregua, el día en que su vida llegara a su fin.
Dio vuelta y, al estacionar el coche frente a su casa, se percató de que su vecina se aproximaba, molesta, con un pequeño recipiente rectangular en sus manos. Vio su reloj, 7.02.
-Aquí tiene su cena, ya que no llegaba se la traje, no fuera que luego me dijera que no estuvo a tiempo-, le reprimió, algo molesta.
Siempre que él iba por la comida, le decía que viniera al rato, así que, a últimas fechas, había decidido ahorrarse el disgusto y esperar a que ella se la llevara a su casa. Esto, a la amargada mujer, le molestaba infinitamente.
Desde que su mujer lo dejó, hacia ya más de dos años, le había comprado la cena a la vecina que, si bien no era gran cocinera, cualquier cosa era mejor que cocinar él mismo, pues esto, tampoco era su fuerte. Sintió una aguda punzada en el pecho al recordar aquel día en que, agobiado por el trabajo, había llegado a casa. A pesar no ser muy tarde, no había luces encendidas, así subió al cuarto para ver si ella estaba acostada. Luego fue a la cocina, al sótano, aun salió al jardín… nada. En ese momento no supo que pensar. Tuvieron que pasar algunos días para que se diera cuenta de la terrible verdad, lo había abandonado. Recordaba el inmenso dolor que le había provocado el sentirse tan sólo solo, tan desdichado, el sentir que la mujer que creía su más fiel compañera había desaparecido sin dejar rastro. Hizo algunas llamadas a amigos y familia, pero nadie sabía absolutamente nada. Ni siquiera la policía, que fue su último recurso, supo decirle, después de semanas de búsqueda, qué había sido de ella. Su mujer se había esfumado, llevándose con ella toda posibilidad de ser feliz.
Tras dejar su abrigo en el perchero, junto a la puerta principal, se dirigió a la cocina, tomó el recipiente que contenía su cena y, quitándole el plástico que lo cubría, lo puso en el horno para calentarlo. Prendió la televisión, pues aunque no le prestaba atención, las voces eran mejores que escuchar el molesto ruido del microondas. Faltaba poco para las ocho, hora del noticiero, así que sacó la computadora de su portafolio, la encendió y se dispuso a adelantar los cambios que debía hacer a la lista de precios, para entregarla mañana al llegar a la oficina.
Mientras comía el guisado de berenjena al que, a pesar de saber que era intolerante a la lactosa, su vecina le había puesto queso, se percató que era hora de ver las noticias y, haciendo a un lado el trabajo, subió el volumen del televisor.
“Muertos, asaltos, secuestros. ¿Qué esa gente no tiene nada que hacer? Si este país no estuviera lleno de ociosos, otro gallo nos cantaría. Pero, qué decir, si el gobierno tampoco hace nada. Por eso estamos llenos de pobres y delincuentes, porque el gobierno no hace nada para arreglarlo”, veía que cada día la situación empeoraba, y creía que no se podía hacer nada, pero, muy en el fondo, sabía que él, que no tenia esperanza y que, en lugar de hacer algo con su vida, se limitaba a juzgar las vidas de los demás, tenían también la culpa de todas estas desgracias.
Al acabar el noticiero, como todos los días, se dirigió al teléfono para llamar a su madre. “Pobre, está tan sola”, pensó, sabiendo que, la compasión que le tenía era el reflejo del propio deseo de que lo compadecieran.
-Hola hijo, ¿ya cenaste?-, le preguntó con voz cálida.
-Ya mamá, ¿tú qué haces? ¿Dormiste anoche?-, sabía que, desde que se había quedado solo, ella a veces no dormía, le preocupaba el saber que era débil y que, tal vez un día, no pudiese soportarlo.
Tras algunos minutos en que ella le contó el tranquilo día que había tenido y, por un instante, sintió la felicidad de los recuerdos que escuchar su voz le provocaba, se despidió para dejarla dormir tranquila. Ella le dijo que lo amaba y tras un hasta luego, terminó la llamada.
Regresó a la cocina para recoger los trastes, tomó la computadora, “mañana lo termino, total, tengo tiempo de sobra”, se dijo. Apagó la televisión, y, tomando las cuentas que había sacado del buzón al entrar, se dirigió a su recámara. Tras dejar sus cosas a los pies de la cama, preparó la ropa que usaría al día siguiente.
Ya relajado, después de un baño caliente, tomó la correspondencia para echarle un vistazo. “Debería dejar de pagar el seguro”, pensó, recordando que lo habían comprado para cuando tuvieran hijos, por si algo les pasaba. Su esposa, (sin coma) siempre había querido tenerlos, pero él no aspiraba traer un alma más a sufrir al mundo. Después de un año de matrimonio y de darse cuenta que la vida podía no ser tan mala, había pensado que tal vez, en unos años, que su economía fuera mejor, no sería mala idea la de tener un bebé. Después de todo, él se encargaría de hacerlo fuerte para que no sufriera tanto y ella, de mostrarle lo mismo que a él, el lado amable de la vida. Ahora, aunque aquello le hubiera gustado, pensaba que, por lo menos, él único abandonado y desilusionado era él, pues si hubieran tenido aquel hijo, quizás ella, igual, se hubiera marchado.
Tras un vistazo al despertador, para asegurarse que la alarma estuviera programada, vio la hora, 10.20. Tomó su libro, de la mesita de noche, en cuya portada se leía Crónicas de una muerte anunciada.
Inmerso en la entramada historia, volvió a su mente aquella pregunta que antes se hiciera: “Si pudiera elegir cómo morir, querría que fuera en viernes, al atardecer y de súbito, sin ningún tipo de aviso ni dolor.”, y tras leer unas cuantas páginas, apagó la luz y quedó profundamente dormido.
Parecía no haber pasado mucho tiempo cuando sonó su despertador. Inmediatamente, se levantó de la cama y se dirigió al baño a lavarse la cara. Viéndose en el espejo, descubrió que tenía ya algunas arrugas, se lavó los dientes y regresó a su recámara. Acababa de vestirse cuando se percató de que, afuera, aún era oscuro. “Son las siete, ya debería haber amanecido”, pensó contrariado y, cuando se disponía a ver la hora para cerciorarse que fuera así, se cruzó frente a sus ojos la fotografía que, desde hacía ya cuatro años, se encontraba a su lado.
La miró por unos segundos, su sonrisa, su cabello, sus ojos… aquellos ojos que, a pesar de haber visto hace tanto, le parecían tan familiares como si, esa última mirada hubiera sido apenas ayer. “Aún la amo”, aceptó para sí, a pesar del rencor que alimentaba su nostalgia, aquel sentimiento que había evitado, ahora se manifestaba más fuerte que nunca. Entonces, recordó lo que pensó haber soñado el día anterior, aquellas voces que, le decían, tenía tan sólo diez horas de vida. “Si fuera así, la buscaría”, pensó y, por un momento, se cruzó por su mente la imagen de aquella indigente, cuya penetrante mirada le fuera tan familiar. “Es absurdo pensar en lo que no pasará”, y, reprimiendo aquel pensamiento, desvió su mirada hacia el despertador, 4.15.
2 comentarios:
Este si que me dejo picado, espero con ansia la continuacin
que patético!!!!!
Publicar un comentario