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marzo 04, 2010

Diez horas más... 3

No siempre es como uno piensa

    Eran las 5.30 de la mañana y aún no podía dormir. Sabía que comenzarían a servir el desayuno aproximadamente en una hora, pues los viejos no solían dormir demasiado. Tampoco comían mucho, y él no era la excepción. Su desayuno constaba, normalmente, de una taza café negro, sin azúcar, y un pan tostado, sin mantequilla, por aquello del colesterol.

    Miró por la ventana que daba al jardín del asilo, pensando en lo patética que era su vida, en la que, cada día, transcurrían trivialmente, desde siempre. Ni siquiera sabía si deseaba morir o seguir viviendo, “Realmente, no creo que lo que venga después tenga algo de interesante tampoco”. No podía recordar ningún hecho que quisiera volver a vivir, ni tampoco personas a quienes le gustaría volver a ver.

    Sabía que su vida no había sido la peor, pues nunca le había faltado nada, pero esto, a costa del sudor de su frente. Había trabajado toda su vida, sin parar un solo día, para mantener su casa. Se casó muy joven, apenas acabó la universidad, quince años después la situación era insoportable; no habían tenido hijos, pues su mujer resultó ser demasiado débil ya que, tras un aborto, quedó estéril; él, sabía lo que era sentirse inútil, así que decidió resignarse a no tener descendencia para hacerle más fácil la vida a ella, que suficiente tenía con la propia culpa. Poco a poco, esta misma culpa acabó con sus ganas de vivir. Cayó en una profunda depresión y la tuvo que internar en un hospital psiquiátrico. No duró mucho más, y él tuvo que aprender a vivir por inercia, por obligación, a lidiar con la profunda amargura que marchitaba su alma.

    Mientras recorría con la mirada la pacífica escena de la ventana, escuchó a alguien tocar a la puerta:
-¿Qué quiere?- respondió de mala gana.
-Es hora de desayunar, ¿necesita ayuda para llegar al comedor?- le preguntó la enfermera mientras entreabría la puerta de la habitación, haciendo caso omiso de su mal humor, lo que lo molestó aún más.
-Iré cuando tenga ganas- dijo altaneramente, acto seguido, la puerta se volvió a cerrar.

    Inmediatamente después, sintió una fuerte punzada en el pecho, trató de pedir auxilio pero palabra alguna salía de su boca. Tras un breve instante de agudo dolor, todo se desvaneció…

    Se encontró de frente con una especie de pantalla gigante, similar a la que anunciaba los números en el bingo del centro recreativo, sólo que esta parecía indicar la hora. 7.12.
–Esta es la hora de tu muerte – dijo alguien desde atrás de la gran pantalla, le parecía increíble que, a pesar de su sordera, pudiera escuchar claramente sus palabras, sin embargo, aún no entendía muy bien el significado de estas.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien – dijo una voz distinta a la anterior pero que parecía surgir del mismo lugar.

    Y así, de pronto, abrió los ojos para encontrarse frente a su ventana. “¿Me habré quedado dormido mientras recordaba mi pasado? Tal ves, pero, si fuera así, ¿Qué significado tendrían las palabras de aquellos extraños?”. Vió el reloj que se encontraba en la mesita al lado de su cama. 7.14. Todo parecía indicar que no había sido un sueño, pero el único sentimiento que le podía provocar el saberse al final de su vida, era indiferencia, no nostalgia ni anhelo, sin embargo, podía percibir un dejo de rabia por tener que enfrentar una situación tan incómoda.

    Decidió que, al no haber nada que quisiera hacer y, en caso de que todo hubiera sido ocasionado por la aspirina que aligeraba su sangre, antes de pensar en lo que haría para matar el tiempo que le restaba, iría a desayunar. En el comedor no había mucha gente, al parecer ya habían pasado más de 20 minutos desde que la enfermera llamó a la puerta. Se sirvió una taza de café y tomo uno de los panes que traían desde la cocina. Encontró una mesa alejada de toda compañía y se sentó. Mientras tomaba un sorbo, pensó que nunca había probado café tan malo, ni siquiera el que su esposa le hacia cada mañana antes de ir al trabajo, “Y mira que era malo. Ni eso sabía hacer la pobre”.
-¿Gusta algo más? Un poco de mantequilla para acompañar su pan acaso- dijo la enfermera encargada del área de cocina, acercándose a sólo unos centímetros de su oído para evitar tener que repetirlo.
-¿A qué hora es el bingo hoy?- preguntó, pensando que sería un buen día para apostar.
- A las cinco y media- le respondió amablemente.

    Tras un breve momento en que hizo cuentas, “Si tengo diez horas, será a las cinco” Pensó y llegó a la conclusión de que ni siquiera el día de su muerte iba a poder hacer lo que él quisiera. Definitivamente, si había un Dios, él no le caía muy bien. “Esa es la razón por la cual no creo en ti” murmuró con saña, levantando levemente la vista para dirigir al vació una sutil mirada de odio.
- ¿Disculpe? – preguntó la enfermera al pensar que aquella expresión casi inaudible iría dirigida a ella.
- No, nada… no quiero nada, gracias – le dijo sin siquiera voltearla a ver, como si ella también fuera culpable de su desgraciada vida.

    Ella se retiró, con una irónica sonrisa. “La gente no entiende cuando uno necesita su espacio” pensó. Siempre la había molestado la impertinencia “Vive y deja vivir” se decía siempre que alguien se metía en sus asuntos, aunque él sabía que realmente nunca había Vivido, con mayúscula.

    Vió el reloj de pared del comedor.8.30. Se levantó y dirigió a su habitación. En el camino se cruzó con varias caras conocidas, pero ninguna querida. Desde que había llegado al asilo, doce años atrás, se había esforzado por pasar desapercibido. Únicamente había tenido un amigo, pero un día lo encontraron muerto en la regadera y él se prometió nunca más volver a depender sentimentalmente de nadie. Odiaba sufrir más que nada en el mundo y estaba dispuesto a hacer todo lo posible por evitarlo. Cuando su mujer había muerto, ni siquiera se había dignado a recoger el cadáver, simplemente se dedicó a hacer el papeleo pertinente y dejó la emotividad para cuando tuviera tiempo, pero ese momento nunca llegó.

    Ya en su habitación, imagino que, tal ves, si recorría los detalles de su pasado, encontraría algo por lo cual sonreír antes de morir. Así, buscó debajo de su cama hasta encontrar los cuatro únicos objetos que poseía, sus álbumes de fotos, donde había recopilado todo lo que podría ser importante. De joven, pensaba que, si tenía hijos, querría que lo recordaran como alguien que tuvo una vida, aunque él nunca lo hubiera sentido así.

    Abrió el primero, su niñez. Al principio, parecía feliz, pero tras la muerte de su padre, su rostro no era el mismo. Su madre lo quería y cuidaba como nadie, pero la conexión que tenía con su padre no la había tenido con nadie más, ni siquiera con ella. Al finalizar el álbum, todo parecía mucho más claro, tal vez, había pasado su vida pensando en lo terrible del pasado, aunque realmente este no fuera así.

    Tomó el segundo, su época de secundaria. No parecía haber tenido muchos amigos, de hecho solamente lo acompañaban dos rostros en la mayoría de los retratos. Le parecían familiares pero no recordaba realmente a ninguno de ellos, sin embargo, sentía algo dentro que hace mucho no había sentido, como si su viejo y marchito corazón volviera a saltar al recordar los juegos de pelota y aquel traje de baño gastado con el que nadaba en el lago cerca de casa de la abuela. No pudo evitar soltar una lagrima, “Creía que había olvidado como llorar”.

    Antes de tomar el siguiente álbum, quiso abrazar este, que le había recordado que nunca se es tan viejo ni se está tan amargado como para dejar de sentir. Millones de recuerdos volaban por su mente, recuerdos que creía haber perdido en el tiempo y la amargura. No supo cuanto tiempo había pasado, pero no le importaba. Dejando el libro sobre su regazo, tomó el siguiente.

    Al abrirlo, pudo verla a ella, su mujer, cuando sus ojos no habían aun perdido aquel brillo, aquella impaciencia y dulzura con la que enfrentaba la vida, lo que lo había cautivado desde el día en que la conoció. No podía olvidar las palabras que ella le dijo la primera ves que la vió, “Me prestas una pluma”, rió al oírlas en su mente como si hubiera sido ayer. Habían sido “vecinos de pupitre”, así lo decía ella, cuando todavía se sonrojaba al recordar lo nerviosa que se había puesto al tocar su mano cuando le tendió aquella pluma. Desde ese momento, él supo que no habría otra mujer en su vida, y así lo fue. “¿Por qué perdiste esa alegría?” le preguntó a aquella fotografía que lo miraba con picardía. No hubo respuesta. Con el pasar de los recuerdos, no pudo evitar sentir el peso de la culpa, ¿Cómo aquella mujer tan vivaz había acabado de una manera tan deprimente? Sabía que la respuesta estaba en el siguiente libro, sin embargo, lo que menos quería era conocerla. Tenía que haber una muy poderosa razón para que ese recuerdo se hubiera perdido en su memoria, y, donde quiera que estuviese, ahí debía quedarse.

    Tomó la ultima de las fotos de aquel libro, dónde ella todavía era feliz, la foto del día en que supo que estaba embarazada. Siempre había sido su sueño, un hijo, y quien mejor que aquella hermosa mujer como madre. Aquél día, nada más salir del consultorio, ella corrió a su oficina a darle la noticia. “Nada me haría más feliz” recordó haber dicho tras la pregunta de ella de si un hijo sería algo bueno, a pesar de los problemas económicos que los aquejaban. Mirando el retrato fijamente, le pidió perdón por arruinar su vida y la de él, por haber hecho de aquel sueño su peor pesadilla. El nudo de su garganta hizo que la lagrima que antes había derramado, se volviera llanto, y así, en medio del llanto y con el retrato que ahora tenia más valor que nunca entre sus manos, se quedó dormido.

    Lo despertó un golpeteo en la ventana. Al verla pudo notar que la fotografía estaba algo húmeda, pero más hermosa que nunca, y él se sentía tranquilo, en paz. En el buró, junto al sillón, había una charola con un plato de lentejas, zanahoria hervida y una milanesa. Le pareció raro, “¿pero si acabo de desayunar?” se dijo. Extrañado, miró el reloj de la mesita de noche. Respiró hondo. 5.12.

1 comentario:

AArias dijo...

me encantó una tan sutil reconciliación