-Hijo, no llegues tarde. Y no tomes mucho, recuerda que llevas el coche – dijo, con voz preocupada, su madre.
-Mamá, esta aquí a la vuelta, por Dios. Ni que fuera a haber retenes en menos tres cuadras – respondió desde la puerta. No podía esperar para largarse.
-No son tres cuadras, tienes que cruzar toda la avenida. Y cuando digo que no tomes no hay pretexto…- no quería seguirla escuchando, últimamente estaba más insoportable que de costumbre, ”cómo me gustaría que no me molestara, ya estoy hasta la madre de su menopausia”, se dijo y soltó una carcajada, pensando en lo furiosa que se había quedado su madre, mientras él salía por la puerta del fraccionamiento para tomar la avenida.
Abrió las ventanas del auto para sentir el aire, le encantaba la velocidad con la que le golpeaba el rostro. Se sentía libre, sin preocupaciones, como si todos los demás dejaran de existir. La escuela, sus padres, nada importaba, sólo él y el camino, que lo hacía ir cada vez más rápido.
A lo lejos, vio unas pequeñas y molestas luces, una azul y junto a ella una roja, “un trancho”, pensó, y en automático pisó el freno. Aun estaba bastante lejos así que le dio tiempo suficiente para llegar a 70. Sonó el celular pero no lo contestó, esperó a pasar junto a la patrulla.
“A huevo, me salvé”, se dijo, pensando en lo astuto que era. Tomó el celular, la llamada había sido de su casa. “Que, hueva. ¿Qué no tiene nada más que hacer?”, cerro el celular ignorando el mensaje de voz.
Se estacionó al otro lado de la calle.
-Qué onda guey- dijo, a manera de saludo, al ver a dos de sus cuates en la cadena.
-Ya sabes, el imbecil este que se la para. No nos quiere dejar pasar-
-Si verdad, que imbecil-, exclamó, de manera sarcástica, y se dirigió a la puerta.
-Eh, somos tres- gritó, dirigiéndose al cadenero, quien al verlo hizo un gesto aprobatorio. Escuchó las carcajadas de sus compañeros, sabia que lo admiraban. “Pobres pendejos, sin mi no son nadie”.
Un mesero los llevo hasta su mesa y pidieron una botella de whisky. Se percató que desde la barra lo observaba una chava algo mayor que él.
-Ya viste esa vieja, está bien buena guey- le dijo a uno de sus cuates.
-Pues vas guey- respondió éste, alentándolo a ir con ella.
La invitó a su mesa. Bailaron, tomaron, ella llamó a sus amigas, todo iba de maravilla… así pasaba el tiempo y las botellas se vaciaban con mayor rapidez. La música, las luces… la pasión. Sin duda, estaba en el paraíso. “Nunca me había sentido tan libre. Desearía que este momento durara para siempre”.
Sintió como si sus huesos se desvanecieran, como si dejara de tener control sobre sus movimientos. A lo lejos vio a un mesero.
-Eh… tú… traite otra… del mismo- vociferó, y así, se desplomó entre la gente.
Abrió los ojos, le dolía la cabeza. Trató de levantarse pero el movimiento del auto en que estaba se lo impidió. Miró a su alrededor.
-No te muevas, tranquilo- dijo una borrosa figura que estaba a su derecha – sufriste de una congestión… no tienes identificación… el número de tu casa- no entendía muy bien lo que el paramédico le decía, “pero si traigo mi celular y en la cartera está mi licencia”, pensó extrañado, pero no podía articular palabra alguna – por favor, necesito que me digas a quien contactar… vamos… no me dejes… necesito saber quien eres para buscar a tu familia…- la voz se fue alejando hasta que el silencio fue absoluto, como si cayera en un profundo sueño.
De pronto, abrió los ojos. Estaba de pie y no sentía ningún cansancio ni dolor. Frente a él había un enorme reloj, 3.22.
–Esta es la hora de tu muerte –, dijo una voz, y al instante sintió un hueco en el estómago.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien –, dijo otra que provenía del mismo sitió.
-¡¿Qué?!-, gritó con todas su fuerza, pero antes de poder pensar en algo más que decir, regresó a la ambulancia en la que se había encontrado.
-¿Estás bien? Por un momento pensé que te perdía. Ahora sí, necesito tus datos- exclamó otra vez el paramédico. Ahora podía escucharlo a la perfección, pero, no podía decirle lo que le pedía, no quería que llamaran a su casa a media noche para decir que estaba en el hospital, si estaba muerto.
-¿Cuánto falta para llegar al hospital?- preguntó, con afán de desviar la atención del enfermero.
-Estamos a unas cuadras, pero necesito tus datos para poder internarte y llamar a tu familia, para que vengan por ti- insistió éste.
-Ah… si… ahora te los doy-fingió no haber recuperado la conciencia por completo.
-Tranquilo, no te exaltes. Puedes dármelos cuando lleguemos- se apresuró a decirle, mientras le tomaba el pulso.
“¿Qué voy a hacer?”, las ideas revoloteaban en su mente, haciendo que el dolor que la cruda le generaba fuera cada vez más intenso. Decidió que sólo podía hacer una cosa: escapar. Debía encontrar la manera de huir del hospital, sólo así podría tener la mente clara para resolver el mayor de sus problemas: Sabía que estaba muerto, pero, ¿qué podía hacer con las diez horas que tenía de vida?
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