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abril 24, 2010

Diez horas más... 6

Cuando todo está perdido

Se despertó con la salida del sol, miró a su alrededor, estaba sola. No recordaba muy bien lo que había pasado el día anterior, ni sabía a ciencia cierta, quien era. Entre la quietud, de pronto, escuchó un rumiar que parecía salir del bulto de desperdicios vecino. Entonces, observó cómo de debajo de lo que parecía haber sido, en un tiempo remoto, una caja de zapatos –que ahora yacía deforme y mordida entre aquellas tantas cosas que algún día fueron algo-, se abría paso una rata, de ojos rojos y nariz puntiaguda, que llevaba entre sus patitas un pedazo de suela de caucho que parecía tener, en uno de sus extremos, una goma de mascar. Se levantó de aquella pestilente montaña de desperdicios que, al parecer, era su cama, y caminó hacia la calle, alejándose del familiar callejón que, a pesar de quedar atrás llevaba, a juzgar por la pertinencia del penetrante olor, impregnado en la piel.


Sintió una fuerte punzada en el estómago, y esto la hizo recordar que llevaba ya varios días sin comer. Se llevó la mano al bolsillo, en busca de algunas monedas. A pesar de que recordaba haber guardado algo de dinero antes de salir de su casa, estaban vacías, lo que la indignó sobre manera. “¿En qué mundo vivimos? Ya no se puede confiar en nadie. Alguien debió robarme mientras dormía”. Palpó el otro bolsillo y solamente encontró un arrugado pedazo de papel que, al verlo, puedo reconocer como una fotografía. “Mi marido”, se dijo cayendo en la cuenta de que estaba casada y esto trajo a su mente una sola escena que parecía haber sido parte de su vida diaria: ella, junto a la ventana del comedor, oyendo música tranquila y esperándolo a él, que segundos después aparecía en su pequeño auto azul y, tras abrirle la puerta, el abrazo de bienvenida parecía interminable, como si temiera que ella se apartase de su lado.

Con aquel recuerdo en mente y la idea de conseguir algo para calmar su hambre, se dirigió hacia la plaza central. Vio a una mujer saliendo de la cafetería y se acercó a ella:
-Disculpe la molestia, me robaron mi dinero y tengo mucha hambre. ¿Podría ser tan amable de prestarme algunos pesos? Yo se los repondré a la brevedad.- dijo atentamente, a pesar de la mirada de repulsión que recibió de la mujer, que, sin ánimos de contestar, la miró de pies a cabeza para después alejarse en dirección a un edificio.

Ignorando aquel incomodo momento, se dirigió al callejón posterior al local y saco, de entre los basureros, las sobras de un panqué cuya consistencia indicaba haber estado remojando en café. Tras engullirlo, regresó a la plaza para pensar qué haría después.

A tan solo unos pasos se encontraba la iglesia, cuyas campanas anunciaban la misa de ocho. Escuchó esa voz, que desde hace mucho tiempo la acompañaba. “Él está por llegar, regresa para que puedas verlo”, sabía de quien hablaba, él era su esposo, al que el día anterior había visto entrar en el edificio contiguo al callejón donde dormía. Tenía ganas de hablarle, de preguntarle por qué no la había buscado, por qué le había permitido desaparecer.

Así, cruzó la calle y, doblando a la izquierda, divisó la esquina del edificio. Con la mirada, siguió los autos estacionados junto a la acera, contando “uno, dos, tres, espacio, cuatro…”, así hasta llegar al lugar donde lo había visto. Nada, no había llegado. Esperó por unos minutos, “nunca se retrasa”, pensó.

Pero tenía mucho en que pensar antes de enfrentarlo, así que se dispuso a maquinar lo que le diría mientras llegaba, “porqué tiene que llegar”, se dijo sin tener ninguna duda de ello.

“Todo fue su culpa, tu lo querías pero él nunca lo vio”, le decía su voz, “¿Recuerdas aquel día? ¿Recuerdas por qué te fuiste?, porque seguro tenías una muy buena razón”, concluyó aquella, dejándola pensativa. No podía recordar el día pero tenía que averiguar lo que había pasado para poder estar más tranquila.

Así pues, comenzó a caminar por aquellas calles que tanto conocía, sabiendo qué camino debía tomar para hallar sus respuestas. En el camino, se topo con algunos conocidos, pero no tenía tiempo de platicas triviales, debía resolver lo que le sucedía. De pronto, se sintió perdida. Las calles eran las mismas pero algo había cambiado y eso la desorientaba, no estaba segura de hacia que lado debía ir y tampoco recordaba la dirección, así que no podría preguntar. “Sigue derecho, yo te guío” escucho dentro de su cabeza y así lo hizo.

No supo cuanto tiempo pasó, tampoco sentía cansancio alguno. Llevaba ya tanto tiempo en las calles que no recordaba cuándo había sido la última vez que viera una bañera, una cocina, una cama. “Ahí es”, al oír esto, paró en seco. Así era, estaba allí… la casa en la que, por un tiempo, vivió con el hombre de la fotografía. Esperó unos segundos a que los recuerdos la visitaran. Nada. “Concéntrate más, yo estaba allí”.

Brotó entonces el recuerdo: una prueba, una duda y el temor. Se llevó las manos al vientre y volvió a sentir aquellas cosquillas que le provocaba el pequeño ser que ahí crecía hacía tanto tiempo. “Él no lo quiere, te miente. Debes salvarlo y salvarte a ti. Si te quedas, los matará a los dos cuando menos lo esperes”, una tras otra, las palabras la golpeaban. Recordó que aquel día, mientras desayunaban, había sentido el odio en su mirada. “Lo sabía, sabía que estaba embarazada”, no había tenido más alternativa que huir. Pero, ¿que había sido del niño? La angustia la hizo volver al momento en que lo tuvo, después de vagar por meses, en el mismo callejón en que despertaba cada mañana. “No podía darle una vida así”, se dijo, para tratar de calmar la culpa que le generaba el recordar que lo había dejado, sólo y desamparado, a las puertas de un hospital, y que ni siquiera había esperado a ver quién lo tomaba. Debía estar lo más lejos posible para que su marido no la encentrara.

Tras los amargos recuerdos vino la angustia, y no pudo evitar el llanto, su corazón estaba roto. Se desplomo, deshecha, sobre la acera de la que un día fuera su casa. Y así, todo desapareció.

Se llevó las manos a los ojos para comprobar que, aquel momento de terrible amargura que recordaba haber vivido, fuera real. Estaban húmedos, hinchados, parecía haber llorado por horas y sin embargo no sentía alivio. De pronto se percató de que, frente a ella, se encontraba un enorme reloj que marcaba las 4.30.
–Esta es la hora de tu muerte – dijo una voz, pero esta vez era distinta a las anteriores, esa voz no era la que la había acompañado por tantos años.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien – escuchó decir a otra voz distinta y también desconocida.

En un abrir y cerrar de ojos, volvió a sentir sobre su piel el frío suelo sobre el que se encontraba tendida. Levantó la vista hacia el cielo, pensando en lo que acababa de pasar y en el significado de aquello. Unas pequeñas gotas cayeron en su rostro, lavando la mugre que la cubría desde hacía tanto. Y así, comenzó a llover, como si el cielo también sintiera su pena y quisiera acompañarla en su dolor. “Vamos, deja ya de llorar, hiciste lo mejor. Ahora tienes que encontrarlo”, le ordenó la voz. Quería que se callara, que la dejara en paz, pero no podía obligarla a hacerlo, debía hacerle caso.

Derrotada, comenzó el camino de regreso al callejón, no tenía fuerzas para nada más que encontrarlo. Comenzó a anochecer, sabía que él debía estar por salir del trabajo. Apretó el paso pensando que, tal vez, lo alcanzaría y podría liberarse de toda su culpa, decirle que sabía lo que él quería hacerle y por eso se había ido. Cabía la posibilidad de que recibiera una respuesta que la hiciera entender. “¿Por qué? Yo siempre te ame y no había nada en el mundo que me hiciera más feliz que tenerte a mi lado”, le preguntaba a su recuerdo, mientras las lagrimas seguían cayendo por sus mejillas. La añoranza de aquellos días la hacía odiarse y odiar la vida que la había llevado hasta allí, incluso lo odiaba a él, pero ese odio solo era el reflejo del gran amor que sentía por él, el cual creía, nunca había sido recíproco.

Llegó justo a tiempo, apenas comenzaban a salir algunos de los empleados. Volvió a contar los autos, “tres, espacio, cuatro, espacio, cinco…”, su coche no estaba allí. En aquel lugar vacío había un pedazo de periódico. Parecía ser la primera plana del diario local y mostraba, como la nota principal, un gran embotellamiento. Justo debajo de la fotografía del accidente, vio un pequeño retrato. Enfocó la vista… era él. Hacía bastante tiempo que no leía un periódico pero las ganas de saber qué relación tenía él con el accidente la alentaron a intentar hacerlo. Tras varias miradas a los párrafos que conformaban el texto que al parecer era interminable, logró entender vagamente que todo había comenzado con un automóvil que se había quedado estacionado a mitad de la calle. El conductor, cuyo nombre aún era desconocido pues no había sido encontrado familiar alguno que lo reconociese, había sufrido, según informes del forense, de muerte súbita: su corazón había dejado de latir sin explicación alguna. Al final, se encontraba una pequeña nota: “Si usted conoce a éste hombre (fotografía de la derecha) por favor diríjase a las oficinas de la Fiscalía Cuarta Superior para identificar al occiso”. En ese momento, su corazón dio un salto y su garganta pareció cerrarse. ¿Qué haría ahora? “No podré morir tranquila, nunca sabre lo que realmente pasó, ni si él me quería”, la angustia había llegado ahora a sus entrañas, oprimiendo desde su garganta hasta su vientre, en el que alguna vez había crecido un pequeño niño. “Los abandoné a los dos y todo por tu culpa”, le reclamó a aquella voz que le había hecho tan miserable y por la cual había perdido todo lo que alguna vez tuvo.”Sólo tú sabes lo que debes hacer”, dijo la voz y, por primera vez en mucho tiempo, hubo silencio en su mente.

Ahora estaba sola y tal como lo había escuchado, sabía lo que debía hacer. Con la lluvia cayendo sobre sus hombros y el gesto insensible de quien ha sentido tanto que prefiere ignorarlo, caminó en dirección opuesta al callejón. A no más de cuatro cuadras, pudo ver el puente que servía a los autos para cruzar el río que atravesaba la ciudad. Cuando aún era estudiante, solía ir ahí a ver la puesta del sol, y era ahí mismo donde él, su marido, le había propuesto matrimonio. Miró por unos segundos el espectacular atardecer y pensó, “no hay mejor día para morir”, y tomando entre sus manos el trozo de periódico, se precipitó al vacío.

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