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octubre 14, 2010

De Porfirio a Madero, y el pueblo aún no es primero

-Análisis del audio de la respuesta de Porfirio Díaz a Thomas A. Edison y del Plan de Ayala-

Cuando pensamos en México, pensamos en una nación donde existe mucha inconformidad pero parece que nadie hace nada para cambiar esto, donde los procesos históricos inician pero siempre culminan en un mínimo cambio, un país donde la sangre derramada pro los verdaderos héroes de la nación, son quienes, a lo largo de su teñida historia, han luchado hasta la muerte en busca de un mejor futuro, y han sido, al final, saqueados por ratas iguales o peores a las que derrocaron a palos.

Nuestra historia está llena de parches, de interpretaciones impuestas por quien o quienes se encuentran en el poder, pero la verdadera historia está ahí, solo tenemos que buscar en lo humano de todo lo que nos plantean, en la coherencia de los hechos y personajes que, nos guste o no, forjaron al país en que vivimos actualmente, con su resentimiento y su adolorida identidad, con su constante pedir auxilio a los de fuera, mientras aniquila a quienes adentro buscan auxiliar, con su riqueza de recursos y de espíritu, ambas situadas a extremos contrarios de él, que, para nue4stra desgracia, pocas veces se encuentran.

Fue en 1909, cuando a pesar de la decadencia espiritual y la pobreza de algunos (diría muchos) mexicanos, las élites y el gobierno cientificista creían que no podía haber mayor felicidad que la que habían logrado con los avances tecnológicos y progresistas que fueron implementados por el gobierno de Porfirio Díaz. El ferrocarril, el cine, la minería, el crecimiento económico y la creciente inversión extranjera, son algunas de las luces de progreso que nos dan la idea de que México estaba cercano al primer mundo. Más todo empeora cuando volteamos a ver a los vastos sures –entiéndase como, no únicamente geográficamente, sino sures en cuanto a riqueza- del país, a los focos de pobreza que, indudablemente, seguían siendo pobres. Para el gobierno, el proletariado y los campesinos no eran prioridad en su agenda, los “ignorantes” de la nación podían espera.

En la carta que Días envía como respuesta al científico Thomas A. Edison, nos podemos percatar de este inmenso interés por la tecnología y por “desarrollar” al país en este ámbito. La electricidad y el fonógrafo, fueron para el mundo inventos extraordinarios, cuya creación seguimos hoy en día admirando, pero, como diría Martí, ¿qué valor tiene reamente el desarrollo cuando no es parejo, cuando son solo unos cuantos los que tienen acceso a él? Esto era (y, lamentablemente, sigue siendo) lo que pasaba en México. “Presentí en usted el héroe del talento, triunfador del trabajo”, es claro el asombro que en Díaz provoca el “genio” de Edison, y en esto podemos también observar, cómo existe un profundo deseo y necesidad por ser también “personas de progreso” y “un país adelantado”, de negar nuestro indigenismo, como mexicanos, por ser este (a nuestros ojos) sinónimo de ignorancia.

Con este antecedente, no es difícil pensar que el sentir de los grupos revolucionarios, campesinos del sur y obreros del norte, fuera el de estar totalmente excluidos en lo que a derecho se refiere, y ser, por supuesto, blanco perfecto para la explotación, pero no sólo de su gobierno, sino debido a la creciente inversión extranjera, también de caciques de fuera, haciendo de ellos esclavos del capital mundial.

Tras subir Francisco I. Madero al poder, y ver los revolucionarios, especialmente los agentes de sur -cuyo líder era Emiliano Zapata- que lo prometido y acordado en el anteriormente firmado Plan de San Luis, fue ignorado por el nuevo supuestamente Presidente de la Revolución, deciden proclamar el Plan de Ayala, con el fin de proclamarse en lucha contra el gobierno aún represor, y en contra del Presidente Madero, quien, según declaran, mancillo los ideales revolucionarios y traicionó al pueblo “violando los sagrados principios que juró defender”.

Acusa entonces a Madero de no haber llevado “a feliz término la revolución que gloriosamente inicio con el apoyo de Dios, y el pueblo”, haciéndonos recordar con esto, varios fragmentos históricos de personajes que, en nuestro país, se han proclamado líderes de movimientos, enardecido al pueblo, y cerrado después las puertas a este mismo a la hora del cumplimiento de los acuerdos y de hacer justicia.

Por esto, proclaman los seguidores de Zapata la continuación del movimiento revolucionario, -que continua firme hoy en día, en distintos focos de injusticia social-, al que, según pregonan, Madero dio la espalda. Más no duró mucho el Presidente en el poder, pues al dar la espalda a quienes eran fieles a sus ideales, creyendo que las palabras huecas de los simpatizantes del antiguo régimen estaban llenas de verdad, cae entonces por mano de aquellos a quienes decidió perdonar, y de las estructuras que eligió no arrancar de tajo desde un principio.

Los campesinos, piden desde entonces, que se elimine la monopolización, que en gran parte está en manos extranjeras, de la industria y de las tierras, de las propiedades de quienes viven de lo que injustamente poseen y no de lo que dignamente trabajan. Es en el 5 punto, en que poniendo de ejemplo a Díaz y Madero –pero que hoy en día nosotros podríamos poner muchos nombres más- declaran a la Nación y los nacionales “[…]cansada de hombres falaces y traidores, que hacen promesa de libertadores, pero que llegando al poder, se olvidan de ellas y se constituyen en tiranos”.

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