Hola, ¿cómo estás?
Cotidiano.
Bien, contesto
y me pregunto:
¿importa? ¿te importa?
Agobiada, estoy.
No bien, nunca bien.
Asfixiada, ahogada,
y no quiero decirlo,
aceptarlo, sí,
pero no contarlo;
contarlo es otro dilema.
¿Cómo estás?
Retumba en mi cabeza.
¿De verdad quieres saber?
¿De verdad quiero que sepas?
No.
Por eso no contesto.
Bien, ¿y tú?
Ya no estoy ahí,
ya no estás conmigo.
Bien también.
Todo cobra sentido.
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