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octubre 05, 2011

Y ahora, ¿quién es el loco?

 Renacimiento. Es el resurgir de todo. El momento culminante en que las artes, las ciencias, los hombres, todo resurge de la penumbra, de lo prohibido, como el fénix resurgió de sus cenizas. Momento culmen de todo lo precioso de las creaciones humanas, podría aun parecer que nunca se hará nada mejor de lo que se hizo entonces.

Ciertamente, ésta es una época intrigante, ¿por qué es tan importante? El discurso común es el de que es un tiempo “brillante”, un tiempo en el que todas esas cosas que la temible y coercitiva Iglesia le guardaba a la Humanidad, por fin son derecho de “todos”. Pero siendo la Historia, a través de la palabra, una de las más poderosas herramientas de dominación –si no es que la más poderosa-, yo me cuestiono si todo realmente es o fue tan blanco/negro como nos lo pintan.

Tal vez de manera algo radical pero, me parece que la principal razón por la cual el Renacimiento es tan gran cosa es que es el momento histórico en el que surgen los grandes pilares de la Modernidad, es gracias al Renacimiento que los discursos de la Modernidad se sostienen y trascienden. Los avances de esta grandiosa época son cuantiosos, sin duda, pero sirven hoy en día para justificar valores o principios como el de la “Cultura intelectual”, el de la “Belleza occidental”, o el de lo que es Arte y lo que no lo es.

Es por esto que el nombre de Renacimiento, que se le adjudica a este momento histórico no me parece el más adecuado, pues emite un juicio valorativo sobre dicho momento que implica, en si mismo, la inferioridad comparativa de todo momento histórico anterior o posterior a este. Es por esto principalmente, por lo que me parece tan acertada la crítica que Cervantes plantea en El ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha.

Los caballeros andantes con los que sueña el Quijote, son los Robin Hoods que toban ricos para darle a los pobres, son los redentores que esperan las religiones, son los Samurais del antiguo Japón. Son esos locos que no se conforman con lo que ven porque sus principios de justicia no se los permiten. Son ellos, los que están más allá de todo deber legal, pues tienen un deber para con la humanidad. Mas todos ellos se encuentran con la cruda realidad –porque un día hay que encontrarla- “Este ideal es imposible porque todo en la realidad en la que vive[n] [...] lo[s] desmiente: ya no hay caballeros andantes [...]” (Vargas 13).

En la obra de Cervantes, esta obstinación por ir en contra de la ley por favorecer la justicia, se refleja en la “locura” del personaje principal, Alfonso Quijano, hidalgo de poca monta que vive más en sueños que en su realidad –aburrida y cuadrada-. Esto, explica Mario Vargas Llosa en su prólogo a la novela, es una muestra clara del “[...] rechazo a la modernidad [...]” (14) y los valores que esta profesa: la Razón, el Progreso. Pero no es el Quijote el único que está sofocado por la modernidad, es el único que se atreve a dudar del mundo tangible por ser tan lejano de lo “bueno” y lo “justo”, pero todos a su  alrededor se encuentran igual hastiados de esta realidad, su felicidad ha sido carcomida por su razón, por su codicia y su buen nombre. Esta es la razón de  que “Al final, termine por salirse con la suya. La ficción va contaminando lo vivido y la realidad se va gradualmente plegando a las excentricidades y fantasías de don Quijote [...]” (15). Entonces, nos encontremos con la sorpresa de que el mundo que es más semejante al nuestro, es el que parece más inverosímil, y es precisamente el mundo del Quijote el que es creíble y deseable, el que es digno de luchar por él.

Es cierto que, si hablamos de técnica, la maravilla de Cervantes en esta obra fue un parte aguas para la literatura, marcando el inicio de la modernidad, pero es aún más importante la razón de semejante genialidad. Cómo, en una época tan peligrosa para el quehacer comprometido como lo era la de la Inquisición, podía alguien manifestar sus desacuerdos sin arriesgarse a ser condenado. Fue esto lo que orilló a Cervantes a crear los juegos de narradores que lo deslindaran de los ideales que se planteaban en la novela, fue su manera de decir, cual Galileo Galilei, “Y sin embargo, se mueve”. Pues se movía, y se mueve, y muchos buscamos dónde plasmar nuestra locura. Esta es la razón por la cual Vargas Llosa insiste en la pertinencia del Quijote para nuestro siglo, porque estamos sedientos de irrealidad, porque el único fin de la Humanidad, la Felicidad, es lo que se nos está siendo negado desde nuestro nacimiento. Porque no tenemos libertad para soñar, crear, transformar, no tenemos permitido ser el conducto por el cual se comuniquen estos dos mundos –real e ideal- que han formado parte de la Verdad humana desde que nació el primer ser pensantes y sensible.

Ese mundo ideal que nos plantea Cervantes, ese que se funde en la relación de Sancho Panza –su escudero- con Don Quijote, convirtiendo al mundo real y el fantástico (representados por los personajes respectivamente) en una mezcla de ambos, es un mundo lleno en el que “caben todos los mundos”. La España de las patrias, es una tierra del compartir la diversidad, no del competir, no de las fronteras, no de soledades. (22) El bien en ese mundo es un bien mayor a cualquier egoísmo, a cualquier capricho de poderes encontrados. La realidad de ese mundo va más allá de un “querer ser”, mas allá del engaño: es digna, es honesta, es verdadera. ¿Por qué? Porque parte del más puro de los deseos humanos: el deseo de felicidad. Que es un deseo tan puro, que incluye a todo y a todos en él, no discrimina.

Es cierto que sólo un genio, un ser con un espíritu realmente sensible, podría llegar a crear una obra con tantos significados, capaz de develar tantas verdades que transcendiera los siglos y siguiera estando vigente. Más no creo que sea cierta la afirmación de que no es posible la creación de una obra que supere lo ya creado. Primero, porque todo lo que es creación humana es, como dicen los indígenas Mixes, no es más que una recreación, es decir, es ciertamente producto de lo ya producido, todos contribuimos en ellos de una u otra forma. Y segundo, porque si partimos de la sustitución del valor de la competencia por el del compartir –en busca de una sociedad más feliz-, toda creación o recreación de la humanidad posee un valor en sí misma, no en comparación con las otras, y por lo tanto nunca habrá nada mejor que El Quijote, como no habrá tampoco nada peor, porque no habrá nunca otro Quijote.

Sostengo que cada ser iluminado que ha pisado éste planeta, tiene la gran y única misión de demostrarnos a los demás seres humanos de lo que somos capaces. No creo en el destino manifiesto, creo en el destino que se construye. Es por esto que personajes históricos como Carlos Marx, Mahatma Gandhi, y el mismo Cervantes, que tuvieron la visión de un adivino, vaticinaron lo que la humanidad se iba a encontrar si seguía por el camino por el que iba, son personas que lo único que hicieron diferente a todos nosotros fue abrir bien los ojos y comprometerse con eso que veían y les lastimaba. Todos ellos, y muchos más, trataron -y tratan hasta hoy a través de sus obras- de convencernos que esto que está lo podemos ver diferente, lo podemos cambiar. Que no tenemos porque conformarnos con esta realidad, habiendo tantos horizontes posibles de imaginar. Porque imaginando se crea, imaginando se empieza a construir la esperanza. (20)

Vargas Llosa, Mario. “Una novela para el siglo XXI” Prol. Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes. México; Santillana, 2005.Impreso.

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