Si hay algo interesante después de conocer o leer una teoría es compararla con la practica para así saber qué tan valida es. Ciertamente, el tema de los derechos humanos es algo muy complejo, el simple hecho de hablar del hombre ya nos dice algo de la complejidad, cuanto y mas cuando hablamos de algo que comparten todos los hombres y que los hace iguales. Que difícil, una especie de animales como nosotros que a lo largo de su historia han buscado siempre quién es mejor que el otro tratando de poner en un papel las razones del porqué todos valemos igual y debemos respetarnos.
Claro, es cierto que en las ultimas décadas nos dimos cuenta de lo mal que nos tratábamos unos a otros y decidimos hacer un cambio, creamos organismos supuestamente internacionales que regularan este tipo de cosas, que decidieran qué era lo más importante en materia de sociedad y las normas que debíamos seguir para conseguir llevarnos bien unos con otros. En lo personal, ya no creo que estos organismos sirvan de mucho, hay ya tantos tratados, reuniones, movimientos, y las cosas siguen tan igual, que creo que fuera de ayudar a combatir las injusticias más bien contribuyen a que las denuncias de la humanidad se pierdan en las complejas marañas burocráticas del sistema de poder.
En la actualidad, la solidaridad es un negocio. Todo, hasta las personas son un negocio. El dinero es el gran Dios que mueve al mundo y todos giran en torno a una jornada infame de trabajo para conseguir lo que necesitan para vivir y mantener a sus familias. ¿Cómo llegamos a esto? Galeano dice somos “una multitud de soledades amuchadas”, y todo por que nos olvidamos de que tenemos otros al lado.
En México existen muchos méxicos, así como en las distintas naciones del mundo. Somos un país de muchos pueblos con culturas diferentes que no pueden llamarse uno sólo, somos todos. Nosotros los mexicanos somos parecidos a un muégano hecho de distintas semillas, pero sólo juntos podemos encontrarnos, por que somos unos parte de los otros. Indígenas, criollos, mestizos, todos debemos aprender a vennos como iguales, a aceptar nuestra historia que nos hizo lo que somos y a comprender que no existe un mañana, que el eterno futuro al que miramos siempre como un horizonte nos mantiene atados al pasado y no nos permite crecer. La revolución empieza por nosotros, los actores de la sociedad, y debemos empezarla cuando antes para que no se nos olvide lo que somos y queremos seguir siendo, pero teniendo presente que siempre podemos ser mejores si nos unimos para crecer, no hacia lo que se dice “desarrollo” sino un crecimiento en común y con un espíritu de paz, justicia e igualdad.
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