Me invitaron a una cena. La verdad no tenía muchas ganas de ir, hacia frío y estaba cansada por toda una semana de trabajos finales. “Van a ir muchos extranjeros”, me dijeron. Ciertamente, esa es una oferta que no puedo rechazar. Los extranjeros siempre tienen algo interesante que contar.
Llegué, el lugar era grande, unas mil personas. Los países de procedencia iban desde lo más exótico, hasta lo más cercano. Había chinos, coreanos, japoneses, pakistaníes, libaneses, alemanes, colombianos, cubanos y demás. En fin, todo un intercambio cultural.
“Seguro conozco a alguien interesante”, pensé, y para lograr el cometido empecé -mostrando las plumas, cual pavo real en primavera- por dar algunas rondas a los stands de los países invitados.
Primero estaban los coreanos. La verdad es que no he de negar que los asiáticos me parecen atractivos, a veces, pero no había nada especial. Los árabes suelen ser bastante de mi agrado, pero a demás de casados, todos se veían de más de treinta. Argentinos, gringos, luego los chinos. Nada especial. Japón, Colombia, Líbano, España, llegué a Alemania poco más que decepcionada. No era mi noche. En Perú pintaba algo mejor, pero nada emocionante. En fin, después de dos, tres vueltas, me resigné a que, fuera de comer, esa noche no habría nada que hacer.
“¿Qué tal la cena?”, bla bla bla, “¿comiste del pato chino?”, bla bla bla. Bailes, cantos y las gaitas. ¿Y los chicos? Ni sus luces.
Estaba bailando el Perú cuando lo vi. “Ese es”, me dije. Alto, bueno no tanto, pero ni que yo fuera muy alta. Moreno, más bien negro, mulato. Eso sí, sonrisa cautivadora, franca. Lo observé un rato, nada. Pasó dos o tres veces frente a mi y nada. “¿Pero qué estará idiota, cómo no me ve?”, triste pero cierto.
Se acerca mi mamá y me dice: “Oye, ya nos vamos, avísale a tu hermana”. Pasa el negro y, cadenciosamente, segura, altiva -¡Ay sí!- camino hacia mi hermana, que estaba con unas amigas. Le digo que ya nos vamos y regreso, tranquilamente a donde me encontraba antes, contemplando los bailes. Mi mamá me hace señas. Volteo, me dirijo a la donde está, despidiéndose de los amigos que nos invitaron.
Voy hacia las escaleras y, -¡Sí!- , el negro de frente. Me sonríe -¡Uf, me muero!-, le regreso la sonrisa. No dice nada, abro la boca “Permiso”, bajo la mirada -¡Pendeja!-. Se me queda viendo, supongo. “¡Ya te vi, eh!”, la cara de mi mamá. Me despido.
A mi derecha, no muy lejos, el muchacho. No está solo, son cuatro. Junto, un amigo. ¡Obviamente me tenia que despedir!, no se pierde una oportunidad así. Me ven, seguro. Paro por enfrente de ellos y cuchichean de mí, sin duda.
Ahora sí, ¿qué puede pasar? Total, ya me voy, así que el oso no será muy grande. Caminan hacia el otro lado del salón, los intercepto antes de las escaleras, “Y ustedes, ¿de dónde son?”, -¡Patético!-.
Sonríe -¡uff que fuerte!-. Es cubano, “¿Y tú?”, me preguntan. “Yo, de aquí. Mas bien, del DF”. “¿A sí? No parece”, dice uno de los otros. “Bueno, de ascendencia española”. Asienten colectivamente “Ah, sí, de hecho eso pensamos”. -¡Ah, entonces si estaban hablando de mi!-.
“¿No ya te ibas?”, la amiga inoportuna. -¡Que pena!- “Oigan me tengo que ir, un gusto”, les digo. “Bueno pero, la foto del recuerdo ¿no?”, -¿Foto? ¡¿Para qué?! Mejor el teléfono, ¡hombres!-. Adiós, adiós, y me voy.
¡Será esto posible! No se qué es peor, sí haberme acercado y no haber logrado nada o que mejor de plano no hubiera ni intentado. Si no fuera tan inútil, vendría por mí. ¡Por Dios, una mujer cómo yo no se ve todos los días! Mucho menos es común que tengas la suerte de que se te acerque, ¡Por favor!
Seguro, ahorita viene corriendo –bien de película- “Oye, se me olvidó pedirte tu teléfono”. Nada, obvio, definitivamente nada es tan perfecto. ¿Y sí regreso yo?...
...-¡Patético!-.
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