Sobre lo humano, y la transformación de las mediaciones
¿Quién soy? ¿Quién somos? Siempre que pienso en estas cuestiones, no puedo dejar de lado la idea de que somos mediación. Lo que percibimos y reinterpretamos de lo que nos rodea o rodeó, eso es lo que acaba por formar aquello a lo que llamamos “nuestra esencia”.
Hace algunas semanas, llegó del extranjero un amigo. Evidentemente, hacia ya más de un año que no lo veía -18 meses aproximadamente- y, en un inicio, no parecía haber cambiado mucho. Fue hasta después de una horas que uno de nosotros nos cuestionó sobre lo queríamos comer, cuando mi amigo dijo “Les parecen una cemitas, hace mucho que no pruebo una”, pero lo interesante fue la frase que, tras nuestra afirmación colectiva, mi amigo formuló “Lo ven, ahora soy más asertivo”, dijo, y no pude evitar soltar una carcajada. Cierto, tiempo antes él nunca habría sido quien resolviera la cuestión. ¿Por qué nos cambia tanto un intercambio? Técnicamente, no es más que un cambio de domicilio. ¿Qué tanto puede modificar a una persona, en un mundo globalizado como el que vivimos, un enfrentamiento cultural semejante?
Pablo –quién regresó del extranjero- vivió un año de intercambio en Dublín, en el que experimento la vida estudiantil europea, y después se mudó a Oviedo, dónde durante seis meses trabajó en un hotel cómo prácticas profesionales. A pesar de ser una persona que había vivido toda su vida en Puebla, y que nunca había salido del país, es claro que no podemos decir que sea un sujeto “no hibrido”. Hoy en día, las fronteras son tan líquidas que la diferenciación cultural no es siempre tan clara como pensamos. El simple hecho de cambiar de escuela, entrar a trabajar, hasta dejar de ir a lugares donde se iba regularmente y cambiarlos por otros distintos, nos transforma y transforma nuestra manera de ver el mundo.
Pero, ¿qué cuando es el mundo el que nos ve de manera diferente? Recuerdo que, cuando me encontré en una situación similar –durante mi año de intercambio-, tenia la sensación de que mi cabeza no paraba de trabajar ni un segundo, me cansaba el doble y, por ende, dormía mucho más de lo que dormía cuando estaba aquí en México. Cuando Pablo me comentó esta misma situación, yo le pregunté porqué creía que pasaba esto. Evidentemenete, ni siquiera se lo había preguntado, pero yo sí, y mi teoría es la siguiente: Una de nuestras mediaciones más fuertes es el lenguaje, ya que a través de el nos comunicamos con el mundo y le damos sentido. Cuando uno está en un país en el que el lenguaje no es el suyo, a pesar de que lo hable de manera fluida, hay montones de cosas que su cerebro no entiende, cosas que tienen que ver con el lenguaje y la cultura de manera dialéctica. Esto hace que el cerebro trabaje a gran velocidad tratando de descifrar todo lo que no comprende.
Culturalmente hablando, el choque que Pablo tuvo en Dublín fue mucho más fuerte. “En España era igual que aquí”, me dijo, refiriéndose a la forma de relacionarse con la gente, es evidente que el hecho de vivir ahí como trabajador en lugar de como estudiante hacia también que todo fuera mas “cotidiano”. Sin embargo, lo interesante de su experiencia en Oviedo fue justamente el cambio de pasar de ser estudiante a trabajador, ya que aunque sí había trabajado antes en un hotel de la ciudad de Puebla, la experiencia que tuvo fue la de, por primera vez, vivir completamente solo –y todo lo que este hecho conlleva-.
Una de las cosas en las que más notó el cambio, según me contaba, fue en los horarios y el clima, ámbitos que están fuertemente ligados. Cosas que aquí son completamente comunes, como el inicio de clases/labores a las 7 de la mañana, “allá son impensables”. Su llegada fue en enero, invierno, época en la que el frío y la oscuridad son comunes denominadores. Me contaba que el sol sale al rededor de las 9 de la mañana, y que para las 4 de la tarde comienza a oscurecer. “El día no dura nada, y eso hace que la gente duerma más”. Cosa muy distinta a lo que pasa en verano, que amanece a las 5 de la mañana y el día termina poco antes de las 11 de la noche. -Pero, ese es un día largísimo-, pensé yo, sin embargo para Pablo la sensación era diferente “A pesar de ser muchas horas, ni siquiera sentía la necesidad de tomar una siesta”, algo así como si las energías que se recargan en invierno fueran para aguantar el verano.
Los hábitos alimenticios, por supuesto, cambian radicalmente. Y con ellos también cambian las relaciones interpersonales. Algo que fue difícil, me comentaba, fue el hecho de no tener núcleo familiar, pues a pesar de vivir con una familia, él no sentía que hubiera nada de familiar en ello. “Las comidas eran terribles”, dice, y poco después comenta, “la familia no existe”. ¿Tendrá alguna relación que, para los latinos –especialmente en Latinoamérica-, las familias se reúnan en torno a la comida, siendo ambos elementos característicos de nuestras culturas?
En cuanto a sus hábitos de esparcimiento, Pablo nunca fue de leer mucho, siempre prefirió los videojuegos y el cine, ambos, dejó de hacerlos por falta de dinero, y, en el caso del cine, al llegar a España, no pensó siquiera en pararse por uno: “Imagínate, viendo la tele me topo con ‘Dos hombres y medio’. Entre los jolies y sos un jilipollas, dejó de ser chistosa” Esto me hizo pensar en que, ciertamente, todo pierde valor si se saca de contexto. Hace tiempo comencé a leer literatura japonesa traducida al español y me pasó algo similar. Mientras leía la historia, situada en Japón, y con rasgos totalmente oriental en la narrativa y descripción, había palabras como canguro –niñera- y aparcamiento, que me hacían imaginar la historia en un barrio cualquiera de España, perdiendo así toda su lógica. Así igual pasa con las culturas. Cuando uno llega a un país extraño, juzga todo desde sus filtros culturales y, como occidentales que somos, le otorgamos a todo un valor de bueno y malo, -Sí, esto aquí es mejor... No, esto está mal-. Es necesario ir mucho más allá en una cultura para poder entender el porqué de ciertas cosas que, a simple vista, pueden parecernos mal o bien. Un primer acercamiento es, por supuesto, aprender el idioma, entender cómo nombran ellos al mundo, pero esto no es suficiente, es necesario también entender los principios con base en los cuales se conforma la cultura, y todas sus construcciones.
Recuperando el tema de la lectura, algo que me pareció interesante de lo que me comentaba Pablo fue que, ya que en Europa las distancias son mas cortas, hizo algunos viajes durante su estancia. Y durante estos viajes, surgió en él el interés por la lectura. “Pensaba, si hubiera leído tal o cual libro, habría conocido mejor los lugares”. Me explicaba que después de visitar Florencia, por ejemplo, recordó historias que su mamá le había compartido, de novelas que se situaban ahí, y esto lo hizo comenzar a leer un poco más.
En países como México, la visita de un extranjero es siempre –o casi siempre- motivo de gusto. Aquí se halaga mucho a los invitados más si son güeritos. Los intercambistas, en las escuelas, son la mayoría de las veces sumamente populares y todos quieren ser sus amigos, salir con ellos, o, por lo menos, saber cómo es su país. Ella, me platicaba Pablo, el extranjero es siempre extranjero, independientemente de si su condición es de estudiante, de inmigrante o cualquiera de sus modalidades. “Los locales te ven siempre como menos. No es que no te contesten si les hablan, pero ellos nunca te van a hablar primero”. Estando acostumbrado a formar parte de una clase privilegiada en nuestro país, de una clase “acomodada”, para Pablo fue algo extraño encontrarse con esta realidad. Sin embargo la población flotante en Dublín es sumamente grande, y los extranjeros suelen, en su mayoría, relacionarse con extranjeros.
En Oviedo era distinto, “Era mucho más parecido a como es aquí”, mientras en Irlanda los “grupos” de amigos se iban formando casualmente, con extrema apertura, en España la sociedad estaba ya mas conformada. Oviedo no es una ciudad con gran cantidad de población flotante, y cuando Pablo llegó se encontró con que tenía que encajar en grupos mas conformados, un ejemplo, sus compañeros de trabajo. A pesar de ser esto algo mucho más cercano a lo que Pablo estaba acostumbrado por la forma en que se relaciona la sociedad poblana, después de haber experimentado la apertura de el “ambiente estudiantil” en Dublín, le fue muy difícil regresar a una sociedad tan cerrada.
Otro choque cultural importante es el que se vive en cuanto a las normas y leyes. México, como sabemos, es un país en el que las leyes son muchas, y pocas de ellas se cumplen. Los reglamentos de transito, de ciudadanía, son rara vez respetados por los habitantes. A mi parecer, se debe a que la regulación de las acciones personales no es tan alto, las normas morales son casi invisibles y esto hace que las personas decidan cumplir con las normas que les parecen lógicamente correctas, como lo referente al respeto de los que cohabitan en el territorio. “Es impactante ver como todo está bien limpio, cómo a la gente si le interesa su ciudad. Cuando vas cruzando la calle no te avientan el coche, al contrario, si le das el paso a un coche hasta te agradecen”, esto son cosas que en México son, prácticamente, impensables.
Existen millones de cosas que aprender de las cultura que son diferentes a la nuestra, así como es muy importante también descubrir lo valiosa que es tu propia cultura. Toda cultura tiene su riqueza y hay que aprender a conocer la nuestra y las que nos rodean, porque, al final de cuentas, todas forman parte de la gran cultura de la humanidad, y siempre podemos aprender algo de nosotros reflejándonos en el otro.
"Hoy que podemos comer tex-mex con palillos chinos mientras escuchamos reggae y vemos en YouTube una retransmisión de la caída del muro de Berlín -es decir, cuando casi todo nos parece familiar- “(Lethem 22), podríamos pensar que no es necesario acercarse a una cultura para conocerla. Pero ¿qué tanto nos dice de Alemania el conocer su literatura y filosofía? ¿Qué tanto sabemos de Asia a través de sus videojuegos? ¿Conocemos realmente a África por medio de los documentales de National Geographic? Muchos podrán decir que saben lo que es México sólo porque conocen el Mariachi, el tequila, los tacos y los sombreros, pero nosotros, que vivimos aquí, que somos mexicanos, sabemos que nuestra cultura va más allá de unos cuanto íconos. Hoy que todo es tan cotidiano, me parece fundamental recurrir a las “fuentes primarias”, al lugar de los hechos, a lo local para entender lo global. Hoy, considero que aprender un idioma no es solamente para “tener mayores oportunidades de trabajo”, va mas allá, se trata de entender esa parte globalizada que nos conforma, entender eso que tenemos de asiáticos, europeos, africanos y demás. Se trata de lograr conformar una humanidad que se comprenda, que se conozca.
Es muy fácil, incluso cómodo, entender todo desde nuestras mediaciones culturales principales, sin tratar de preguntarnos el porqué de tal o cual fenómeno ajeno a nosotros, sin detenernos a reflexionar que, asi como nosotros, también los otros poseen mediaciones –seguramente distintas- desde las que asimilan la realidad. A mi, me parece una mirada pobre, mediocre. Claro, siempre vamos a tener mediaciones des de las cuales juzgamos a la realidad, pero el simple hecho de preguntarnos, ¿será que para ellos es así como es para mí?, ciertamente, hace la diferencia. Nadie, ninguna cultura, tiene la Verdad de la vida, ni la Razón de la existencia. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo bueno, lo bello, lo real –mucho menos puede decirnos, con certeza, que está mal-. Todos vamos andando ciegamente el camino de la vida, descubriendo e interpretando lo que nos rodea a través de nuestros sentidos. Siendo así, y sabiendo que todos hemos aprendido TODO a través de los y de lo demás, ¿por qué no permitirnos cuestionar lo aprendido? ¿Qué esta mal, que es lo bueno, lo correcto? No lo se, aún intento averiguarlo.
Arias, María. Entrevista a José Pablo Vega. 25 de noviembre de 2011.
Lethem, Jonathan. "Contra la originalidad o el éxtasis de las influencias". México: Tumbona Ediciones 2008.
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