Antes de leer, por favor responde esta encuesta

Create your free online surveys with SurveyMonkey, the world's leading questionnaire tool.

agosto 21, 2012

Madeja


Lejos quedaban los días en que tenía una vida. Nadie sabía cómo ni cuando había llegado aquí. Nadie preguntaba tampoco. Dormía y comía poco, poco importaba también. 
Vivía en un angosto callejón, calle 12 número 508, entre dos edificios de departamentos poco dignos. Justo frente al lugar, un espeso clavero. En aquel callejón nunca entraba mucha luz. Tampoco entraba nadie, sólo él y algunos perros que no tenían más donde ir. Dormía -cuando dormía- sobre un tapete de corcho, entre plásticos y cartones.
Era así, hilacho, como lo llamaban los que sabían algo de él. No era diferente de todos los demás pero él vivía ahí, a la vuelta, era un vecino más. Además, era común ver su flaca y desgarbada figura pasar por entre los coches. Caminaba lento, ausente, con la mirada perdida, hasta un semáforo cerca de la avenida central. Todos los días con su poncho rojo, su sonrisa triste y su brillante pelona, limosneaba. No, no era fácil de olvidar. Su mirada recóndita e impenetrable se clavaba profundamente en los ojos de quien la encontraba. Pero no era caridad ni lástima lo que provocaba, más bien una incógnita, incertidumbre, una suerte de ignorante empatía.
Así como llegaba, inadvertido, así también se iba. Regresaba a su lugar, su calleja. Colgaba entonces su amuleto del clavero, era esa la señal de que había llegado. Y se acostaba en su cama de corchos y cajas mientras su mente viajaba y regresaba a los recuerdos da la que un día fuera su vida.
Ernestina vivía en uno de los edificios, departamento 7B. Todas las noches sacaba su basura para dejarla a la sombra del clavero. Supo del hilacho un día que lo sorprendió hurgando en las bolsas que había encimado en un bote de metal, junto a la entrada del edificio. Desde entonces las recarga en el árbol frente al callejón. Él siempre encontraba algo útil, algo qué comer, vestir, o vender.
Es Don Pedro, el conserje del edificio de Ernestina, el que se siente más cercano al hilacho, fue él quien comenzó a llamarlo así. Don Pedro, que a veces hace de jardinero, estaba podando el clavero el día en que supo del hilacho. Mientras cortaba las ramas, vio colgado del árbol un extraño objeto, un tobillo pequeño con piedritas de colores, pendiendo de un hilo. Cortó el hilo y lo examinó con curiosidad. El hilacho, al ver que un extraño tomaba su amuleto, se acercó al sujeto con reserva. Don Pedro sufrió un pequeño sobresalto al ver aparecer tan de repente al hilacho junto a él y tan cerca. Su mirada, aquella angustia fulminante que gritaba, lo conmovió de tal manera que sin poder decir palabra alguna, volvió a colgar el objeto y se regresó a su cuarto. 
Ese fue el primer y único día que el hilacho tuvo, con uno de sus vecinos, algo cercano a una conversación, sólo cercano. Desde ese día, siempre que el conserje puede, guarda una porción de cada comida y, envuelta en plástico, dentro de una bolsa de papel, la deja a la entrada el callejón del número 508 de su calle. Es por esto que el hilacho, de vez en cuando, comía algo decente.
El día en que murió no pasó nada. A decir verdad sí pasó, pero nadie se detuvo a preguntarse lo que estaba pasando. Don Pedro, que había tenido una mala racha, no pudo compartir nada en el desayuno, tampoco en la comida. Los vecinos que cada mañana se cruzaban con él camino al trabajo, lo vieron pasar como siempre pero en una dirección diferente. Los que pasaban por la calle en que el hilacho solía pedir limosna, se extrañaron de no haberlo visto ese día ahí. Y todos, aún Ernestina, sentían que ese día el aire era distinto. Ese día, el día de su muerte, el hilacho sentía algo que no podía recordar, algo que había sentido hace tiempo pero no lograba nombrar. Quiso entonces hacer algo diferente. Caminó hasta la 13 sur y, con algunas monedas que tenía, compró un jabón y un peine, y entró en un baño público. Salió de ahí con el mismo poncho de siempre, con sus zapatos roídos por las ratas. Aún así era otro; la pelona relucía como nunca antes, y las canas, las pocas que le quedaban al rededor de la calva, eran de un blanco impecable. El brillo en sus ojos, esa tristeza de siempre, parecía haberle dado unos días de descanso.
Tomó un camino distinto, uno que hace mucho no recorría.
-Disculpe, ¿qué hora es?-
-La una y cuarto-
Respiró profundamente. Caminó unas tres cuadras más. Del otro lado de la calle, una reja de tubos gruesos, de color verde, y una multitud a la espera. “Riiiiiiiiiiiiiiiiiiing” sonó un timbre prolongado. Se oyeron gritos y risas. El hilacho sentía su estomago rugir de alegría, de emoción. Uno por uno, los niños fueron saliendo de la reja, hasta quedar la escuela vacía. Nada. Esperó un poco más. No estaba ahí. El hilacho, desconcertado, se acercó a la reja. Se asomó, pero ya no había nadie.
Pasaron varias horas. Llovía a cántaros. Él no podía despegarse de esos barrotes. Tenía que estar ahí, ahí fue donde la dejó, no podía estar equivocado. 
Beto, el vigilante del colegio, no conocía al hilacho. Aquel lugar hace mucho que había dejado de ser parte de él, de su vida, pero el no lo comprendía. Una llamada a la dirección. Lilia, preocupada por la seguridad de sus niños, decidió llamar a la patrulla. 
Cuando llegaron ya estaba obscuro. El hilacho seguía ahí, empapado y tiritando, desencajado.
-Señor, tiene que acompañarnos-
No opuso resistencia, hace mucho que no había fuerza en él. Lo subieron a la patrulla, lo llevaron a los separos con los otros. Vagabundeo. El hilacho temblaba, su ropa estaba empapada, pero todos ahí estaban muy ocupados para darse cuenta. No había comido en todo el día, tal vez tenía fiebre, poco importaba.
En la calle 12, Ernestina sacaba su basura. Esta vez era mucha, así que Don Pedro la ayudaba. Puestos los bultos en el árbol, entraron los dos. El conserje echó un vistazo al clavero que brillaba a la luz de la luna. Un hueco en su corazón, un nudo en su garganta. El amuleto del hilacho no estaba.

No hay comentarios.: