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febrero 13, 2010

Diez horas más... 1

Más vale un minuto tarde

      Era un día cualquiera, al sonido de la alarma abrió los ojos. 6.30. A pesar de que su hora de entrada eran las 8.30, siempre ponía el despertador un poco antes para evitar cualquier imprevisto. Para las 7.15 ya estaba lista y se disponía a sacar el auto de la cochera. Buscó las llaves en el lugar acostumbrado; no estaban ahí. Tomó el duplicado y se subió. No arrancaba. Nunca le había gustado ese coche que le regaló su papá al terminar la carrera; tal vez ya era hora de deshacerse de la carcacha. Llamó un taxi que tardó menos de diez minutos. 7.50. “No voy a llegar”, pensó, pues el tráfico a esa hora era aún mayor. A lo largo del camino habrá visto unas veinte veces el reloj y otras cinco le habrá dicho al taxista “Por favor joven, llevo prisa”. Nunca había llegado tarde y el hecho de pensar que esta fuera la primera vez, le revolvía el estómago.

De pronto, lo inminente, a sólo una cuadra y media de su oficina el tráfico se detuvo. 8.27. Le dio al taxista el cambio justo y salió del coche, cruzó entre los autos a la mayor velocidad que sus piernas le permitían y llegó al camellón central de la avenida. No supo cuándo ni cómo, pero un fuerte golpe la aventó por los aires y en un instante todo se había esfumad. Frente a sus ojos apareció un enorme reloj: 8.34. Quienes lo sostenían comenzaron a hablar:
–Esta es la hora de tu muerte- dijo uno de ellos. No hubo necesidad de explicarle lo que había pasado pues, en ese momento la escena se repitió en su cabeza como si hubiera estado consciente. El camión la había golpeado haciéndola volar por los aires y caer unos metros adelante. La muerte fue instantánea.
–Sabemos que hay muchas cosas que te hubiera gustado hacer. Diez horas tal vez no sean suficientes pero es todo lo que tienes, así que úsalas bien-, y así, repentinamente, cómo habían llegado, se esfumaron.

Se encontró al otro lado de la acera, cómo si todo lo anterior hubiera sido producto de su imaginación. Desconcertada, preguntó a la primera persona que pasó a su lado:
-Disculpe, ¿qué hora tiene?
-Las 8.34- le respondió con una amable sonrisa. Agradeció casi cómo un gesto automático, pues su mente no paraba de dar vueltas tratando de explicarse lo antes sucedido. Si lo que había pasado era real, le quedaban apenas 10 horas de vida. “Ni siquiera sé si he sido feliz más de 10 horas en mi vida”, se dijo.

Tenía tan sólo 27 años y toda una vida por delante, hasta aquella mañana. ¿Cuántas veces había querido hacer algo y lo había pospuesto por cumplir con las obligaciones que creía eran impostergables? Y todo para construir un futuro que en un instante se había desvanecido. Pasaron por su mente más de un millón de cosas que ya no podría hacer; realmente no había nadie importante en su vida y nunca sabría lo que era amar a alguien. "Mis papás me querían", pensó. A pesar de vivir en la misma ciudad, hacía ya más de cuatro años que no los veía, Ahora esa cifra parecía infinita comparada con las 10 horas que le restaban a su vida. Ya no podía siquiera recordar la razón por la que había dejado de visitarlos, quizás se hartó de la sobreprotección con la que siempre había tenido que lidiar o simplemente fue una de tantas cosas que pensó que podría hacer después. De vez en cuando recibía una llamada de su madre preguntando cómo iba todo pero nunca duraban mucho pues siempre estaba muy ocupada. En navidades siempre tenía uno u otro compromiso -viajes de negocios o reportes por entregar- o simplemente aprovechaba los pocos días libres que tenía al año para descansar.

Nunca creyó que su vida fuera a acabar tan pronto, pero ahora que sabía el poco tiempo que le quedaba no podía evitar el nudo que la nostalgia provocaba en su garganta. Sin pensarlo dos veces paró un taxi. Se había olvidado por completo del trabajo y lo único que ocupaba su mente era la imagen de sus padres.

Tardó un poco en decir la dirección al taxista, pues se encontraba inmersa en sus pensamientos. Hace mucho que no se percataba de lo azul que era el cielo y del monstruoso contraste de éste con lo espantoso de las grandes y aburridas construcciones de la ciudad. Apenas recordaba el parque en que pasó las tardes de su temprana niñez, que ahora yacía debajo de una pequeña plaza comercial con tan sólo dos locales rentados que no parecían tener mucho flujo de consumo.
-¿Es aquí?- preguntó el taxista al encontrar el número que le había sido proporcionado.
-Sí… gracias- recibió su cambio mientras bajaba del auto con la mirada fija en la fachada de la que antes era su casa. No había cambiado nada. Dudó un momento antes de tocar a la puerta, pues no sabía que reacción esperar. Miró su reloj, 10.26.

–Soy yo, ma- respondió instantáneamente al oír aquella voz que le provocaba tanta nostalgia. Al abrir la puerta, no pudo evitar la ternura que esa cálida y reconfortante sonrisa le provocó, como tantas veces antes lo había hecho.
-Qué gusto que vinieras a felicitar a tu padre. Teníamos muchas ganas de verte- y con un ademán la invitó a pasar. En la sala se encontraba su padre, sentado en su sofá y con un periódico en las piernas. Echó un rápido vistazo a la cocina y pudo reconocer el pastel de duraznos que solía hacer su madre siempre que papá cumplía años, con esto recordó que en sus cumpleaños solía pedirle a mamá gelatina de fresa, su favorita.

-¿Cómo has estado hija?- preguntó su padre al verla entrar por la puerta mientras se levantaba para abrazarla.
-Algo dispersa- confesó- ¿Ustedes?- no sabía realmente por donde empezar, el simple hecho de estar ahí le parecía tan distante que no lograba articular palabras.
-También te hemos extrañado- le dijo él tomándola de la mano al percibir el desconcierto de su hija ante la confusión de sentimientos que esto parecía provocarle. A los pocos segundos llegó su madre y se sentó a su lado observándola. El silencio duró unos cuantos minutos pero no era incómodo, era el de un encuentro en el que las palabras no eran necesarias.

No podría saber en qué momento se fundieron ambos, silencio y palabras, después llegaron las sonrisas y luego las carcajadas, así fue la sinfonía de un rencuentro en el que el tiempo pareciera no haber surtido efecto alguno. Tampoco podría decir en qué momento, entre el pedazo de pastel con sabor a nostalgia y la frescura de las historias chuscas de la vida cotidiana, se olvidó del tiempo, el cuál estaba ahora limitado por un plazo que, por la oscuridad del cielo que se veia por la ventana, debía estar cerca de su término.

Tomó los platos sucios y los fue a dejar a la cocina. Su mente ahora trabajaba mas rápido que nunca, no estaba segura de que pasaría a continuación, ni siquiera estaba segura de que algo fuera a pasar pero una corazonada le decía que todo había terminado. Se despidió de sus padres con un fuerte abrazo y la promesa sincera pero imposible de volver pronto. Salió de la casa dejando atrás su pasado y presente, miró por última vez el reloj. 6.34.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No me dejes con la en ascuas. Termina pronto de escribir y trata de que tu final sea digno de este principio. Francisco Posada

AArias dijo...

buena idea de historia

me supo a poco las diez horas pero asi pasa el tiempo cuando realmente se disfruta.

a ver como resulta la .....2