El mar estaba tranquilo. El sol se adivinaba tras las nubes que poblaban el cielo, en la orilla se encontraba una jovencita contemplando las olas.
-Quisiera desaparecer, no ser yo…-
Su mirada vagaba en el horizonte y el agua mojaba sus pies, a lo lejos se escuchaba el sonido de las gaviotas.
-“…Ser uno y estar siempre juntos, unidos...”- murmuró mientras se recostaba sobre la arena. Las olas la abrazaron dulcemente y cerrando los ojos se dejó llevar…
Se encontró en una inmensidad obscura. Había cambiado: sentía, veía y pensaba distinto. No era ella, era alguien más. No sabía donde estaba ni lo que hacia ahí, pero tenía una sensación extraña, como si una paz inexplicable la cubriera por completo.
…De pronto escuchó algo, un vago sonido en aquella oscuridad y al abrir los ojos notó como la noche había cubierto el cielo de estrellas.
-Melinda, ya es tarde. Entra ya.-
Miró al horizonte y con una pequeña sonrisa se encaminó hacia su casa. Entró en la cocina, se sentó en el lugar de siempre y observó a su madre preparar un chocolate caliente.
-Me gusta el mar mamá.-
-A mí también hija… a mí también…-
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